Tramazul
2010
MASPSão Paulo, BrasilSobre parar y después desaparecer
Hay muchos cielos hoy, en el arte. Siempre los hubo, en la historia del arte. Hoy, quizás más – porque son personajes centrales, no meros secundarios de alguna otra escena. No sería difícil para un estudio del imaginario buscar los motivos de esa tendencia. Pero ¿por qué, ahora, un cielo bordado, un cielo por lo tanto doblemente evidente? Quizás porque en São Paulo el cielo nunca está visible, aun estando ahí. Al llegar a São Paulo en avión, el cielo es una franja marrón-amarilla que pesa sobre la ciudad y anula el cielo verdadero. En Congonhas, hace mucho tiempo, en la bóveda del vestíbulo interior que distribuye a las personas hacia sus destinos, había una bóveda y en ella un cielo pintado, “realista”. Congonhas es el techo de São Paulo, Congonhas ya es el cielo de São Paulo – pero también en Congonhas hacía falta otro cielo que abriera un falso agujero hacia el cielo real que los aviones perforan a cada instante. Quizás sean necesarios varios cielos en São Paulo, varios cielos sobre São Paulo. Hay una historia del cielo sobre São Paulo, que ahora incluye también este.
Regina Silveira ha hecho varios cielos. Interiores, como en el Museu Vale, en Vitória; y exteriores, como el de una biblioteca de Nueva York (que aún no se concretó). Interiores, como en la Pinacoteca, no hace mucho. Exteriores, como este ahora en el MASP, enorme, envolvente. Regina trabajó mucho tiempo en blanco y negro, con sombras oscuras, a veces amenazantes. Ahora convoca cielos, azules y blancos.
Su tono, en este caso, es el del arte público, arte urbano como también se dice, de un modo quizás algo torcido (el arte siempre es urbano o no es). Como São Paulo todavía es muy fea, con una arquitectura apresurada, garabateada, empaquetada, apretada, superpuesta, en un escenario comprimido, el arte público debería ser un recurso permanente. Todavía no lo es. Regina Silveira viene dedicándose hace tiempo al género, quizás más en el exterior, donde la receptividad y la conciencia de esa necesidad son más intensas. Aun así, alguien recordará un tropel que aplicó a la fachada de la Bienal, hace algunos años, y otras instalaciones o “paseos” (con proyecciones) más o menos provisorios por las calles de la ciudad. En el exterior, dos casos se destacan: la fachada del Taipei Fine Arts Museum, en Taiwán, y el Palacio de Cristal en Madrid, antológicos en su historia personal.
Un arte singular, el suyo. No es difícil de aprehender – al contrario de muchos otros que aún insisten en la rarefacción del sentido –, sin dejar de ser sofisticado en los recursos y efectos. Hacer un cielo bordado podría apuntar a la opción por un “arte de género”, como eufemísticamente se dice hoy en vez de señalar lo que está detrás de esa palabra: un arte de sexo, con sexo. El cielo es bordado; por lo tanto, según el código listo, sería un cielo femenino, antifeminista o posfeminista, según la lectura. Es un cielo bordado, un cielo que necesita pegarse a una fachada que nunca sirvió tanto al arte como ahora. El cielo en São Paulo escapa a los ojos, y por lo tanto al cuerpo, con asombrosa rapidez: el cielo pegado quedará estacionado algún tiempo en el MASP. Con él, el tiempo quedará también detenido, como detenidos quedarán quienes quieran disfrutarlo. Arte contemporáneo contra el flujo de las cosas y, sin embargo, arte contemporáneo que en poco tiempo desaparecerá de esa fachada, él también – un arte que acepta desaparecer. La eterna precariedad de los cielos se encuentra con la transitoriedad del arte actual, en armonía pasajera.
— Teixeira Coelho, curador
Texto: reginasilveira.com
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